Me gusta escuchar canciones con las que te despeina el viento y pensar en ti. Recorrer tus calles y retratar tus atardeceres. Acariciar tu cabello por debajo de aquel gorro azul que te protege del frio.
Estoy aprendiendo a no necesitarte tanto, para quererte bonito, sin ataduras y sin miedos. Estoy construyendo un mundo, sin muros, sin aceras, sin rejas. Un mundo que sea este, en el que no haya necesidad de escapar para ser felices. Que sea de ambos.
Tú eres tan Woodstock. Eres tan como nadie.
Me das una hoja en blanco que se convierte en un pase de vuelo. Haces de un saludo matutino un poema. Tú conviertes un poema en cualquier cosa, me enseñas que nada suena mejor que el silencio. Un silencio a tu lado.
Me quitas la coherencia y me arrancas la carencia e incluso haces de las rimas inútiles una ridiculez aceptable. Eres tierra mojada. Orquídeas recién sembradas. Me haces recordarme y reconstruirme. Olvidarme de ti cuando no estas, sonreír cuando sé que tardaras.
Somos un semáforo en ámbar, advirtiendo que mejor es ir lento. Nos miramos, miramos lado a lado. Como las mejores cosas, aquellas que no llevan prisa.
Así. Como las canciones clásicas, los paseos en el parque, las oraciones, los besos de despedida.
Como las mejores cosas, aquellas que nada puede cambiar y en las que ni el tiempo puede entrometerse. Así te espero, sin buscarte, sin anhelarte. Te espero sin saberte, dibujándote y coloreándote bajo una luz parisina ¡Mira! Hice una torre Eiffel con tus manos.
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