Tú tuviste una hija, la llamaste Valentina. Un día dejaste a su madre y otro día me conociste. Un día soñamos juntos vivir en Cancún, comprar una hamaca, servir cabrito el día de nuestra boda y bailar en la arena.
Genaro, ayer te vi caminando en las calles del centro histórico y me pregunté qué sería de nosotros si estuviéramos juntos. Quizá hoy estaríamos trapeando una casa cerquita del mar o sacudiendonos el arroz del que vivan los novios, eso que nunca fuimos y que no hizo falta.
Tú tuviste una hija, la llamaste Valentina. En unos quince años vas a tener que explicarle que el amor termina tal como empieza, sin sentirlo, aunque tú -querido Genaro- tampoco lo entiendas nunca.
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